26 de septiembre de 2008

Es mentira

23 de septiembre de 2008

Los Formales y El Frio

Quién iba a prever que el amor ese informal
se dedicara a ellos tan formales

mientras almorzaban por primera vez
ella muy lenta y él no tanto
y hablaban con sospechosa objetividad
de grandes temas en dos volúmenes
su sonrisa la de ella
era como un augurio o una fábula
su mirada la de él tomaba nota
de cómo eran sus ojos los de ella
pero sus palabras las de él
no se enteraban de esa dulce encuesta

como siempre o casi siempre
la política condujo a la cultura
así que por la noche concurrieron al teatro
sin tocarse una uña o un ojal
ni siquiera una hebilla o una manga
y como a la salida hacía bastante frío
y ella no tenía medias
sólo sandalias por las que asomaban
unos dedos muy blancos e indefensos
fue preciso meterse en un boliche

y ya que el mozo demoraba tanto
ellos optaron por la confidencia
extra seca y sin hielo por favor

cuando llegaron a su casa la de ella
ya el frío estaba en sus labios los de él
de modo que ella fábula y augurio
le dio refugio y café instantáneos

una hora apenas de biografía y nostalgias
hasta que al fin sobrevino un silencio
como se sabe en estos casos es bravo
decir algo que realmente no sobre

él probó sólo falta que me quede a dormir
y ella probó por qué no te quedás
y él no me lo digas dos veces
y ella bueno por qué no te quedás

de manera que él se quedó en principio
a besar sin usura sus pies frío los de ella
después ella besó sus labios los de él
que a esa altura ya no estaban tan frío
y sucesivamente así
mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.


17 de septiembre de 2008

Apagón mundial a favor del ecosistema

Este miércoles 17 de setiembre de 2008, desde las 21:50 a las 22:00 horas (pm) proponen apagar todas las luces y si es posible todos los aparatos eléctricos, para que nuestro planeta pueda "respirar". Este apagón mundial será de 21:50 a 22:00, a la misma hora local de cada país en todo el mundo. Si la respuesta es masiva, la energía que se ahorra puede ser grandísimal. Son sólo 10 minutos de oscuridad luminosa que pueden ayudar a mejorar el planeta.


15 de septiembre de 2008

La invencion de Morel (fragmento)

Adolfo Bioy Casares (nació en Buenos Aires el 15 de septiembre de 1914 - murió en Buenos Aires el 8 de marzo de 1999) fue un escritor argentino.

" Recorrí los estantes buscando ayuda para ciertas investigaciones que el proceso interrumpió y que en la soledad de la isla traté de continuar. Creo que perdemos la inmortalidad porque la resistencia a la muerte no ha evolucionado; sus perfeccionamientos insisten en la primera idea, rudimentaria: retener vivo todo el cuerpo. Sólo habría que buscar la conservación de lo que interesa a la conciencia. Mi alma no ha pasado, aún a la imagen; si no, yo habría muerto, habría dejado de ver a Faustine, para estar con ella en una visión que nadie recogerá.
(...)
Intenté varias explicaciones: Que yo tenga la famosa peste; sus efectos, la imaginación: la gente, a la música, Faustine; en el cuerpo: tal vez lesiones horribles, signos de la muerte, que los efectos anteriores no me dejan ver.
(...)
Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. El verano se adelantó. Puse la cama cerca de la pileta de natación y estuve bañándome, hasta muy tarde. Era imposible dormir. Dos o tres minutos afuera bastaban para convertir en sudor el agua que debía protegerme de la espantosa calma. A la madrugada me despertó un fonógrafo. No puede volver al museo a buscar las cosas, huí por las barracas, estoy en los bajos del sur, entre plantas acuáticas, indignado por los mosquitos, con el mar o sucios arroyos hasta la cintura, viendo que anticipé absurdamente mi huida. creo que esa gente no vino a buscarme, tal vez no me hayan visto. Pero sigo mi destino; estoy desprovisto de todo, confinado al lugar más escaso, menos habitable de la isla; a pantanos que el mar suprime una vez por semana. Escribo esto para dejar testimonio del adverso milagro. "

8 de septiembre de 2008

El Diablo Enamorado


Álvaro es un joven español hijo del gentilhombre Bernardo de Maravillas y de doña Mencía "la mujer más religiosa y respetable de Extremadura", que se encuentra ejerciendo como capitán de la guardia del Rey de Nápoles. Hasta ese momento, su vida transcurre entre las obligaciones de su cargo y algunas diversiones compartidas con sus compañeros, como el juego y las mujeres, que terminan con sus recursos económicos con frecuencia, dejándolos encerrados en sus cuartos enfrascados en animadas conversaciones filosóficas. En uno de estos encuentros, Álvaro conoce a Soberano, un viejo holandés que se le propone como maestro aludiendo a un saber superior al del resto de los mortales, que podría colmar la inmensa curiosidad del joven. Empiezan así una estimulante relación, que pronto les lleva a hablar de la religión que profesa el viejo, y que le permite un cierto dominio de los espíritus. Álvaro pide insistentemente entrar en contacto con tales espíritus, haciendo gala de un impetuoso e imprudente deseo de dominarlos él también: de "tirar de las orejas al diablo". Ante pretendida seguridad, Soberano accede y prepara el encuentro en las ruinas de Portici, junto a otros dos amigos. Allí, bajo una bóveda oscura y alejada del exterior, Soberano dibuja un circulo con algunos caracteres en el suelo, y le propone a Álvaro ocupar su centro para desde allí, llamar a Belcebú. Tras darle la fórmula de evocación, dejan a nuestro protagonista solo en las tinieblas y muerto de miedo. Aún así, se afianza en su posición, y hace su invocación a Belcebú. Efectivamente, éste se presenta en forma de enorme y horrible cabeza de camello y responde a la evocación con un: "¿Che vuoi?". Viéndose obligado a dominar su terror, Álvaro se impone y se dirige al fantasma en términos de esclavo que debe someterse a quien le invoca, su amo. El diablo sigue el juego, y la cabeza de camello termina convertido en el que Álvaro bautizará como Biondetto/a, ambiguo personaje que asistirá en todo al cada vez más audaz joven. Sus ordenes inmediatas serán organizar un gran festín para sus amigos. Así se hará ante el gran asombro de los caballeros que, por otra parte, ya advierten al joven del precio que tendrá que pagar por su audacia. Álvaro sin embargo sigue aún bajo la sorpresa y sin saber cuales son los tratos que le llevan a obtener tan distinguidos favores, aunque presume inocentemente que se tratará de algo breve y pasajero. Lejos de lo que él cree, este ambiguo personaje Biondetto/a, le seguirá a partir de ahora de forma servil atendiendo a todos sus deseos, hayan sido éstos formulados explícitamente o no. Todo empezará la misma noche tras la extraña experiencia, cuando Biondetta le implora a Álvaro quedarse a dormir en su cuarto por el miedo a los comentarios de la gente que la verían salir tan tarde de los aposentos de un hombre. Esto toca un punto crucial para Álvaro que no puede más que ceder ante tal petición: " (...) cuando mi madre me dio mi primera espada, me hizo jurar sobre la guarnición servir toda mi vida a las mujeres y no disgustar a ni una". Ahora bien, accede a condición de que se ponga en un lugar de la habitación donde no la pueda ver ni escuchar, y le advierte de que "ante el primer movimiento capaz de inquietarme exageraré el tono de mi voz para preguntarle a mi vez, ¿Che vuoi?". A partir de aquí, poco a poco Álvaro se ve sumido en un mar de deseos, dudas y pensamientos que le atormentan alrededor de su nueva compañera, su peculiar belleza y sus orígenes.
Biondetta le da a entender que ante su actitud heroica la noche anterior queda prendada de él y decide devenir mortal. Ella se ha degradado por él y ahora él le debe protección. Álvaro a su vez, sólo le pregunta angustiado si podrá separarse cuando lo desee, a lo que le responde que sólo hará falta un acto de su voluntad. Enseguida Biondetta organizará todo para que Álvaro pueda pagar sus deudas y partir de viaje con ella, mientras el joven se deja llevar sumido en un extraño sueño, hasta que despierta en una hospedería de la plaza San Marco de Venecia.
Como no podía ser de otra manera, tenemos a nuestros protagonistas en Venecia justo durante la celebración de sus carnavales, permitiéndole a don Álvaro cierta relajación en sus torturantes e incesantes pensamientos alrededor de todo lo que le sucede. Uno de los encantos que ofrece Venecia, es la presencia de sus cortesanas, y entre ellas será Olympia la encargada de desencadenar el momento trágico que dará un vuelco al relato. La tal Olympia cae también perdidamente enamorada de Álvaro, y en su locura espía al caballero y a su ambiguo acompañante. Tras descubrir que se trata de una mujer y entender su presencia como la de una rival, nace en ella una ira incontrolable. Cuando don Álvaro y su séquito embarcaban hacia Brenta donde pretendía esconderse de su amante perseguidora, Biondetta es acuchillada por una figura con máscara ante el estupor de todos y con ayuda de otro personaje que remite a Bernardillo, uno de los dos amigos de Soberano. En este punto da un brusco viraje nuestra historia. Álvaro comprueba, ante el cuerpo malherido, que su acompañante es una mujer, y cae perdidamente enamorado de Biondetta.
Tras la recuperación de ésta, y después de haberle declarado su amor, Álvaro se la lleva a Brenta donde la colma de todos los cuidados con el solo objetivo de complacerla. Pronto le pide también que le clarifique sus orígenes, su naturaleza que no alcanza a comprender tras la experiencia de la cueva de Portici. Así pues, Biondetta le cuenta que ella es una sílfide, y que renuncia a su naturaleza fantástica para devenir mujer y amarlo a él para siempre, a la vez que, disponiendo de saberes sobre esta otra esfera, instruirlo y convertirse juntos en los reyes del mundo. Ya tenemos la segunda proposición de instrucción fantástica que fascina a nuestro protagonista. Ahora bien, esta segunda tiene a su vez otro precio. Biondetta pretende que antes de entrar en dicha instrucción, él se le entregue absolutamente. En este punto se hace definitivamente presente doña Mencía. Álvaro fiel a sus convicciones le responde que ante todo debe casarse, que es lo que quiere su madre, y que para poder hacerlo ésta debe dar su consentimiento, así que mientras tanto, él debe respetarla. En un discurso sin desperdicio, Biondetta despliega todo tipo de argumentos en contra de tal prejuicio, para finalizar encolerizada con un: "No me he convertido en mujer para nada". Sin dar respuesta a eso, Álvaro decide viajar a Venecia y una vez allí, sufre un fuerte impacto al contemplar en una tumba escultórica monumental dentro de una iglesia, la cara de su madre en lugar de la del difunto. Cree entender de ello que debe poner distancia entre su pasión y él, y que cuanto antes debe ponerse bajo amparo de su santa madre. Dispone pues un viaje urgente hacia España, dejándole a Biondetta una carta en la que alude a los deberes que tiene que atender en nombre del honor y de la sangre, y dinero suficiente para hacer frente a todo lo necesario durante su ausencia. Evidentemente, ella no tardará en aparecer de nuevo en el camino del atormentado joven. A partir de este momento el viaje de la pareja se ve truncado por infinitas dificultades. Una vez ya en España, y antes de poder llegar al castillo de Maravillas, sufren un último accidente que les lleva a pedir alojamiento en una granja en la que se celebra una boda. En medio de la excitación de los bailes que Biondetta parece disfrutar como nadie, Álvaro tiene su último encuentro con un saber superior, esta vez a través de dos gitanas que le insinúan, tras previo pago evidentemente, que su felicidad está a un paso de él. Esa noche, Álvaro no puede reprimir su propia pasión y se entrega a Biondetta finalmente. La sorpresa no se hace esperar, y llegamos a la presentación definitiva por parte de su amante: "Biondetta no debe bastarte: ese no es mi nombre: tú me lo pusiste: (...) pero es necesario que sepas quien soy... Soy el diablo, mi querido Álvaro, soy el diablo..." Álvaro aún se resistirá breves momentos en su distracción voluntaria, hasta que ya estando sumido en un gélido terror, Belcebú le aclara la situación que él rehuye ver: "Has venido a buscarme (...), he hecho lo que tú has querido. Sabías a quien te entregabas, y no podrías escudarte en tu ignorancia. (...) Ahora debo mostrarme a ti tal y como soy". Aquí surge la terrible visión de nuevo. El cuarto se ilumina, las paredes aparecen llenas de horribles caracoles, y a su lado descubre la espantosa cabeza de camello que repite una vez más: "¿Che vuoi?" mientras nuestro héroe se esconde bajo la cama aterrorizado. A la mañana siguiente Álvaro se encuentra solo en la habitación y sin más demora decide dirigirse hacia su anhelado destino para cobijarse bajo la salvaguardia de su respetable madre. Ésta tras escucharlo con paciencia y atención, hace llamar al venerable doctor Quebrantacuernos, que hará el diagnóstico final. Efectivamente, don Álvaro ha sido seducido por el espíritu maligno tras provocarlo él mismo. Ahora bien, éste no ha podido corromperlo del todo gracias a los remordimientos que sufría el joven. Pero no hay que bajar la guardia, ya que lo ha dejado suficientemente turbado, mezclando la verdad y la mentira, el sueño y la vigilia, como para atacar de nuevo si se le da la ocasión. Finalmente el sabio Quebrantacuernos descarta el empeño de don Álvaro de ingresar en un monasterio, y en su lugar le propone que establezca lazos legítimos con el otro sexo bajo la supervisión materna, y "por más que aquella que reciba de la mano de su madre tenga las gracias y los talentos celestes, no caerá usted jamás en la tentación de tomarla por el diablo

5 de septiembre de 2008

El otro

El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.

Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.

Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Alvaro. La reconocí con horror. Me le acerqué y le dije:


-Señor, ¿usted es oriental o argentino?

-Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación.

Hubo un silencio largo. Le pregunté:


-¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa? Me contestó que si.

-En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.


-No -me respondió con mi propia voz un poco lejana. Al cabo de un tiempo insistió:

-Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.


Yo le contesté:


-Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso en la plaza Dubourg.

-Dufour -corrigió.


-Esta bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?

-No -respondió-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.

La objeción era justa. Le contesté:


-Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.

-¿Y si el sueño durara? -dijo con ansiedad.

Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:


-Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?

Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:


-Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejía; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamo a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente."Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, ¿en casa como están?


-Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.

Vaciló y me dijo:


-¿Y usted?

No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros. Cambié. Cambié de tono y proseguí:

-En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterllo. Buenos Aires, hacía mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní.

Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.

-Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski -me replicó no sin vanidad.

-Se me ha desdibujado. ¿Que tal es?

No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.

-El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.

Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.

Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido. Enumeró dos o tres, entre ellos El
doble.

Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.

-La verdad es que no -me respondió con cierta sorpresa. Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.

-¿Por qué no? -le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.

Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos lo hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias.

-Tu masa de oprimidos y de parias -le contesté- no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.

Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después.

Casi no me escuchaba. De pronto dijo:

-Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?

No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción: -Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.

Aventuró una tímida pregunta:

-¿Cómo anda su memoria?

Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años; un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:

-Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan.
Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.

Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.

Una brusca idea se me ocurrió.

-Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no estás soñando conmigo.

Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde. Lentamente entoné la famosa línea:

L'byre - univers tordant son corps écaillé d'astres. Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra.

-Es verdad -balbuceó-. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.

Hugo nos había unido.

Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.

-Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.

Se quedó mirándome.

-Usted no lo conoce -exclamó-. Whitman es capaz de mentir. Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos.

Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy. De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. Se me ocurrió un artificio análogo.

-Oí -le dije-, ¿tenés algún dinero?

-Sí - me replicó-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile.

-Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien... ahora, me das una de tus monedas.

Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros.

Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.

-No puede ser -gritó-. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. (Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)

-Todo esto es un milagro -alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.

Hizo pedazos el billete y guardó la moneda.

Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.

Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios. Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.

-¿A buscarlo? -me interrogó.

-Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista.

Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. EL otro tampoco habrá ido.

He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el encuentro.

El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.

Sumandose al cambio

Siguiendo los pasos de mi amiga Ele he decidido darle una lavada de cara a este blog. Lo que es no tener nada q hacer.

3 de septiembre de 2008

Los Amantes

¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos ?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.

Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.

Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos

1 de septiembre de 2008

La Familia, La Propiedad Privada y El Amor